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Thursday, January 26, 2006

cosas de serpientes y peregrino

PEREGRINO.

Desde donde el sol engaña al horizonte
un peregrino solitario
camina,
enredado en los dedos trae un astrolabio
antiguo, oxidado instrumento
que en tiempos remotos
media la distancia desde la
orilla de los mares al límite
de las estrellas perdidas en los pliegues de la luna
a través de su túnica, escondido, pude observar
un nocturnal, y un cuadrante marino.

¿Desde dónde caminaba? ya no
me acuerdo
traia la verdad de la muerte,
la resurrección de la tortura,
el encarcelamiento de la luz,
el sabor de los exilios,
depositó en la mesa
la institucionalidad de la muerte.
Ingenio triquiñuelas,
creo monumentos,
condecoró
manos siniestras,
prendio en los pechos macilentos
las preseas de silencio,odio y terror.

¿Desde dónde aparecio? No sé,
incluso hay veces que no tiene importancia
autorizo la tortura
y con sus oxidados instrumentos:
un reloj de arena,
un cronómetro
estimo cabalmente
cuanto la piel se estira
en el potro de la tortura
invento la muerte por la ley de fuga
y un desgraciado que
desangraba sus cadenas,
pidio un poco de agua,
lo ajusticiaron
aduciendo
malos pensamientos
acompañados con el deseo de escaparse.

Repentinamente desapareció,
se fugó por los confines de los mapas,
se llevo entre sus dedos desvencijados
antiguos manuscritos
de navegantes portugueses,
también escondio
las escuadras, los sextantes,
logro confundir los polos magnéticos,
y en un almanaque naútico
que se le encontró
tenía bosquejado las mazmorras,
los artículos transitorios
de la inquisición,
el advenimiento de los golpes de estados
y la institucionalidad de la mentira.

Desde donde estoy sentado
veo el techo de mi casa y a la rosa
de los vientos moviendose
vertiginosamente,
y en un rincón de mi cuarto una clepsidra
marca el ritmo de mi tiempo.

Las serpientes. (1)

Las serpientes cruzan el receptáculo
de las maldiciones
dirigiendose presurosas al límite del caos
dejandome ver la pálidez
de las lunas asustadas.

Yo quise detenerlas pero se me escurrieron
entre los dedos de la tierra
a su paso dejaron regada
la muerte
junto al hacinamiento de los vientres desgarrados
y con los olores pesados de la carne
el viento se llevo los artificios, los dolores, las lágrimas fosilizadas
y las huellas de los pesados tanques.

Borrando la silueta sutil de la noche,
las serpientes se desunieron
frente a los ceños aterrados por el miedo
la arena ya cansada
con sus huellas de viajeros fantasmas
deshicieron las nubes que aún
merodeaban las dunas
regadas en la sangre, cada grano de arena quiso ahogar los dolores
de los planetas heridos en su viaje a Fallujah
el grito y la angustia tejen una red
que envuelve piel y sangre a los minaretes
el ruido de los helicópteros artillados,
ahogan la ternura de la tarde.
que se dejaba depositar
halla en la lejania.

Las serpientes (2)

Desde la esquina de la historia, Cártago
levanta su rostro
te contempla
siente tu dolor en sus dolores
también sucumbio a sus heridas de muerte
que se arrastran entre
las grietas de la noche
y los dicterios de la historia.
Las falanges imperiales de antaño
e imperiales de hogaño, marchan
con el compás de un rock de metralla
reptan su saliva en la tersura
ondulada de la arena,
masticando agrias gomas de mascar
el cónsul victorioso tatarea
la música lejana
en un desdén holliwoodense
mira los adobes carcomidos,
pasea sus dedos en su mejilla melancólica,
y se rodea de comadrejas artilladas.

La serpiente ventral, animalejo
deja remojar su cola
en los charcos del agua
guardando en su reflejo la grotesca caida
de las bombas
en la noche de las infamias.
Con sus zarpas rompe la harmonía
de los oasis, seca los manantiales,
dibujando torpemente una democracia
perdida en los espejismos.

Ultima Canción.

Dos, tres, cuatro,
golpes
devuelven a mis pies
el girar de locuras,
convulsiones, a una posición
premeditada
haciéndome retornar a mi piel y mis cartílagos
mi envoltura semi humana hecha en la fumarola de los volcanes
llena de movimientos inconclusos
bisagras exhumadas en el postrero beso de tus labios.


Dos, tres, cuatro,
golpes
lanzados en el vacio oscuro
del amanecer, como de costumbre
mis oidos se entumecen en el ruido,
el agobio pide descanso
en la cascada perpendicular de la tortura
de zarpazos labrados en el recodo de los sedimentos
el tiempo ha desvencijado mi traquea,
el tremor
viaja paralelo al cosquilleo del concreto
de pasos varoniles
desfile jalonados con soldados de plomos
que anhelan pelear su propia guerra.


Dos, tres, cuatro,
golpes
Conducen al agobio de los llantos
entre mosaicos húmedos por el moho de la sangre
de una cocina ya milenaria,
el agua se detuvo en una súbita estalactita
fosilizada por el grito del tiempo.

Dos, tres, cuatro,
golpes
el tiempo no ha detenido el dolor
en el laberinto de mis arterias,
las cicatrices han formado una madeja
en el fondo de los llantos
es un ovillo de gritos marcados en el horror continuo de mi exilio
crei hasta hace unos minutos
que habría un castigo
a los latigazos de tus cancerberos, que merodean
en el parámo donde se construyen las esperanzas,
ellos esperan en la penumbra de la luna
con sus instrumentos de dolores
para una vez más asestar la gran garra
gélida en mi garganta.

Se va un siglo escondiendo en sus vestiduras violadas
los dolores que han cubierto
centimetro a centimetro
la cornea helada de los cíclopes,
las manos arrancadas de cuajo
de los duendes,
la venta de las hadas a los mercaderes,
el encadenamiento de los hijos,
el trueque de los niños en el tedio de la tarde.

No quiero.

Me encuentro en la diagonal dispersa de mis sueños
carne y vida se disuelven en el calor de las cóleras
tropiezo en la sombra de mis pesadillas
deseo devolver el sonido de los timbales
a los dioses.
no quiero volver a arrastrar mis dolores
no quiero llorar en las noches de plenilunio
quisiera
tocar el sol con la punta de la lengua
y transformarme en la serpiente
devoradora de los deseos de la luna.

Ha veces me pregunto
que existe detrás de tú rostro envuelto
en el sarcasmo de una sonrisa
y el sonido de tus pasos en el pasillo de las penumbras
pero, cuando despierto me encuentro
abrazado al silencio de mis cabellos.

No me perdono el no haberte besado
en el año de mis torturas,
ya mi alma había abandonado su reposo
dejando un hueco
en la maraña de mi esqueleto,
me vi apuñaleando siete veces
la sequedad de mi corazón
en el acantilado de la nada.

No quiero ver
el retorno de la mirada
deslizandose entre las dunas
enfundando en sus manos las luces de la noche,
no quiero escuchar
la voz de las sirenas
cuando
escurren sus cuerpos en el escarceo
del viento,
no quiero levantar la vista
y ver la desolación en el rostro de las madres
que lloran la desaparición
de sus hijos en el hontanar de los desvarios.

Algún día vere cruzar en la esquina del tiempo
mi cuerpo llagado implorando el perdón

de todos aquellos que cayeron
cuando alzaban sus manos
tratando de tocar las estrellas.

No quiero tocar las noches
de los llantos
ni tampoco los instrumentos de torturas
quiero viajar en el camino sinuoso de tú cuerpo
cubiertos por el glauco de los légamos
depositado en las noches quietas de la madrepóra.

No quiero ver el polvo
depositado en el baldaquin
que desaparece en el follaje
de mi jardín
me he dispuesto a recogerlo para
reescribir los sutras, deseo cubrir mi cuerpo
con el cinturón doble de la lluvia,
escribir volantes ayudado por las ninfas
de los sueños, algún día quiero poder
besar el centro perfecto de tus
aguantes, te vestiré con los remanentes de los zargasos
arrastrados por los bergantines,
el día que te conocí el cielo se dio vuelta
en el color azul de los deseos.


Dolores iguales.

La luna no alcanzo esa noche a reflejarse
en el espejo
cuando un grito desgarrado
lo corto como un rayo de diamante
somos hermanos en Grimaldi
la estaláctica eléctrica surco mi cuerpo
en Abu Ghraib
que diferencias existen entre mis muertes
y las muertes de los que un día
la tortura los entrego inertes al abismo
de la nada.

La no diferencia son hermanas
Villa Grimaldi, Abu Ghraib
en mi recuerdo
de pedazos desgarrados por la mano
asesina
tus dolores se mezclan
con el clamor de las mentiras
rompiendo el espacio
del nadir al aqueronte
la centella surca el cielo cubriendo
las distancias de la muerte,
meciéndose en el viento
anaranjado por la pólvora.

Mi mano toca la tuya
inerte en la arena
mi sangre cabalga en la aguda cresta
de los dolores, los espacios de
dibujos dantescos y olores
metálicos
se abren con las pesada puertas
de maderas ajenas al agobio.

No puedo llorar,
te veo despojada de tu dignidad
mis lágrimas no alcanzaron a lavar
mi geografía,
la lengua felina del olvido
dejo abierta los agravios,
nada ni nadie fue capaz de escapar
a los desvarios de los celadores
a la risa pícara
al desdén con el aliento de un aguardiente
de borracheras eternas
en las noches de los aquelarres.

Lejos en el intérvalo de las horas el connive
dicta tu muerte
panoplias blancas en sus paredes
con el golpe feroz, metálico del rayo
en su valentia infinita
edita a miles de millas de distancias
manuscritos, y discursos añejos,
crea las manos negras, tenebrosas
en la distribución del castigo
sabe que de tus ojos
emanará la mirada tibia
con la que acariciarás a tus hijos,
y tu aliento continuará alimentando
tormentas de arena adolorida.

Los alminares geográficos, recorren tu piel
y llevan una mano tibia
que acaricia el rictus de tu dolor.

Intento de una poesia.

Tendremos que partir,
después de la muerte, arrastrando nuestros miedos
entre dunas y lágrimas de sangre
el lobo llora
en las riveras marcadas
por la sangre.

No puedo dejar de mirar las ventanas de mis ojos
abiertos al arrebato de las bombas,
la incandescencia de la noche,
de milenios descansando en las tibias noches de la arena
de los llamados de la muerte salidos de las áulicas cámaras
milagro del nuevo principe de una tiniebla espantada
por gritos de niños en Irak que sin brazos te tratan de abrazar
para decirte ”I hope do you have a nice day” ….
Ellos están lejos
en su sonrisa de infantes.
Se elevan en el horizonte los olores salobres
mezclados con la sangre, la pólvora, los dolores.

El lobo llora
en las riveras marcadas
por la sangre
la sombra, larga besa el alféizar
de la mezquita manchada por el rojo de tus ojos

Los tanques homogéneos
veloces al llamado de la muerte destrozan con fria cirugía
la magía de los halos de los aún niños.


La vida se acabo
con la mentira de la guerra
de los miembros desgarrados
de los ojos arrancados de cuajo
de la piernas cortadas
con el filo de los gases.
La vida termina cortada, abrupta, macerada
el cancerbero porta misiles en sus dedos
apuntando a los pechos aún húmedos
con la llovizna del desierto.
Los templos en el salto mortal de los horrores
apuntan sus minaretes a la profundidad salobre de la tierra
caliente por los gritos ateridos
de mujeres pariendo a la muerte y el estruendo.

El sol horadado descendiendo
entre las piernas rotas de una niña,
los templos en el salto mortal de los horrores
apuntan sus minaretes a la profundidad salobre
de la tierra caliente por los gritos ateridos
de mujeres pariendo entre la muerte y el estruendo
de la vesania de tus conjurados
refocilandose en el orgásmo de las bombas de racimo.


pequeña Nasra Ali, de 8 años, herida en la madrugada del 4 al 5
de un día cualquiera de la guerra.
(SOF: Special Operations Forces),


El repartidor de la muerte.

Voy a caer en el peor de mis errores
voy a tratar de entender tu violencia
el porque matas sin que te provoquen,
no te has dado cuenta
que has repartido la muerte a los cuatro
puntos cardinales,
¿porqué?
me pregunto.

Es en la respuesta adversa,
donde encuentro que tú mirada separa
el firmamento de la mañana.
Quisiera no llorar,
pero ha veces el deseo incontenible
de la lluvia moja mis sienes ya secas.

He caminado otros caminos transitados
por los deseos irreversibles,
no quisiera naufragar en las riveras tibias de la gula.

La noche aún no ha vaciado la humedad
del pasto
los grillos comienzan recien
a alejarse del dejo de sus recuerdos
en las notas tristes de las raices
quiero elevar el reflejo de las luces
hasta el fin de la sombras.

Tal vez no volverás a mirar
el sol cayendo recto y silencioso
en el ocaso de las agonias
pues los niños ya no rien
miran tristes sus limbos
arrancados
sin hilos los volantines apoyados
en las nubes lejanas
tal vez la lluvia no alcanzo a mojar
los alfeizares…
cuando la llamarada
venida del cielo
desparramo nuestros sueños
en horrendas escenas de dolor.

Alguas veces la noche no trepida
en sus lamentos,
y levanta sus miembros helados
pidiendo el fin al aquelarre
de los odios.

Nadie tuvo la culpa para tanta muerte
para tanto odio
para tanto miedo
no puedes dejar de pensar en un miserable
minuto
todo el daño, de ojos helados por la metralla.
de dedos deshollados en el sincronizado tejido
de tús bombas inteligentes.

El agua se evapora en
pequeñas partículas, se despide de la alberca
el hilo tenue goteando de la llave
arranca miles de dolores.
me quisiera alejar hasta desaparecer
en las ocultas columnas de tus sueños
para unirme al clamor universal de las gargantas
implorando
“Ya basta de tanta muerte”.
“Ya basta de tanta muerte”.
“Ya basta de tanta muerte”.
“Ya basta de tanta muerte”.

Basta a la muerte de tanto niño.
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